martes, 28 de diciembre de 2010

¿Un té?. No, gracias, prefiero un café.

Era pesado y agobiante. El aire viciado permanecía estancado en el pequeño café. Al respirar se sentía tan espeso como si fuera aceite.Traté de sacarme esa sensación depesadez con una sacudida de cabeza, cerré los ojos y me concentré en los sonidos.
Me concentré en las conversaciones de la gente alrededor. La mujer pelirroja de la mesa frente a mí proseguía con su monólogo que bien pudiese haber sido la trama de una telenovela barata. Su interlocutora respondía con frases simples como : "Es inconcebible!", "Yo en tu lugar hubiese hecho lo mismo" y un ocasional "No puedo creerlo ".
Sin conocer a esa mujer me daba una idea de porqué el pobre de Martín habia reaccionado de tal forma.
Desvié mi atención a una pareja sentada en una esquina, estaban debatiendo la conveniencia de mandar a su hijo a un taller de música. Me sonreí a mi misma, aún recordaba las tardes que pasaba sentada en la vereda, con la única compañia de mi armónica. Siempre me habia fascinado la música. 
Revolví un poco el café. Había pasado tantas tardes y noches recorriendo los cafes de Mar del Plata. Garabateando en servilletas frases incomprensibles, escuchando tantas historias de personas ajenas a mí. Perdiendome en el humo del cugarrilo y las luces de pequeños bares.
Me era reconfortante sentarme en soledad entre tanta gente y simplemente pensar, distenderme. Siempre había sido una chica solitaria y un poco extraña para los demas.¿Pero cuál era la pauta para discernir la normalidad de la rareza?.
Busque en mi cartera un cigarrillo y un encendedor. Definitivamente no era aire puro, pero aliviaba mi sensación de vacío de agobio. Las calles recalentadas por el sol y las filas de edificios hacían que a ciudad fuera insoportable en esta época del año. Sólo en la noche, como ahora, podía encontrar un respiro. Miré por la ventana el vaiven de la gente recorriendo vidrieras, una multitud de rostros, de historias qe nunca conocería, aunque sinceramente tampoco me interesaba conocer.
Un chico, uno de los mozos, me acercó un cenicero con una sonrisa. Al parecer esperaba alguna respuesta de mi parte, pero yo me voltié contra la ventana. Escuché un bufido.
Me causó gracia ese sonido de decepción. Me reí y volví a fijar mi mirada en él. Era un chico alto, de ojos acul claro, a pesar de llevar puesto el uniforme su pelo revelaba un poco de su estilo. Algo desaliñado, como si el viento lo hubiese acomodado así. Estaba segura de haberlo visto en otra ocasion, no era la primera vez que yo iba  a ese café.
Mi risa provovó en el una sonrisa. Sus ojos miraron la silla frente a mi, como pidiendo permiso, y se sentó.
Me observó con curiosidad mientras apagaba el cigarrillo, era algo extraño, inquietante, pero para nada dseagradable. Lo miré directamente a los ojos esperando su reacción. Normalmente las personas rehusaban una mirada penetrante. Personalmente creía que los ojos son sumamente expresivos, se pueden revelar muchos secretos con ellos,  incluso aunque uno no quiera, por eso una mirada podía ser intimidante. Por eso me sorprendí cuando él dejó su vista fija en mí.
Podía sentir la energía, los cambios de pensamiento mientras nos mirabamos. Pasaron así unos cuantos minutos que bien pudieron ser una eternidad. Sólo el estrépito de una copa impactando contra el piso  llamó nuestyra atención. El vidrio producía un sonido tan estridente y musical al romperse, casi se apreciaba el cambio en él.
Sentí su mirada de nuevo sobre mí, mientras yo miraba embelesada el cristal roto. Fue entonces cuando me habló Fue entonces que sentí frío por primera vez en la noche. Su voz era profunda, pero a la vez suave. Una sonrisa se filtraba a traves de sus palabras cuando él me invitó un café.
Los dos nos marchamos de aquel lugar, el aire ya estaba viciado.

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